Qué gran desperdicio

Qué gran desperdicio que te hayas acostumbrado a tanta dicha. Que por momentos la moderes, la controles, como quien raciona un pedazo de pan para varios días. Qué gran desperdicio que olvides tararearla, o en cambio, conmoverte con ella en silencio. En cualquier caso, recordar por qué te sabes contento, agradecerle a tantos por formar parte de ello.

Qué gran desperdicio reemplazar esa pena que llevas a cuestas por un entusiasmo que aún no está. Que hoy, cuando la tristeza está en su especial esplendor, no alcances a disfrutarla, porque la sientes implacable, salvaje, insoportable. Qué gran desperdicio que no puedas apreciar la fortuna que sueltan las lágrimas en su andar, que no te percates que son capaces de triturar el dolor hasta tornarlo líquido y que su sal lleva consigo aquellas palabras que no tradujeron lo que sentías dentro.

Qué gran desperdicio imaginarte en los zapatos, en los senderos de otro y no sortear tus propias desdichas, tus propias satisfacciones. Que no te des el lujo de desafiar tus propias ilusiones, de resistir a tus propios fracasos. Qué insensatez que todo lo quieras para ya, y en cambio, no te des el gusto de esperar que el tiempo sea consecuente, no te dejes fascinar porque lo que ansías, llegue siempre de una manera distinta a como lo imaginas.

Qué gran desperdicio que conozcas la recompensa de la persistencia y aun así, no te atrevas a desgastarla hasta que nazca tu talento. Qué gran disparate que quieras arruinarlo apartándolo de tu rutina o lo arruines, de una vez por todas, relevándolo por la duda de qué tan bueno eres para ello. Cómo si ser bueno en algo fuera la gran odisea.

Qué gran desperdicio, creer que la libertad está en los ideales de las grandes batallas y no, en la plenitud de los pequeños momentos: el abrazo de un amigo, el café con los abuelos, el almuerzo cotidiano con tus padres, el beso de quien quieres, la tristeza transitoria, aun cuando se siente que nunca acabará, y también, la dicha de todo lo que se siente como vida, aun cuando parece tan fugaz.

Resistir, como diría Sábato, no está en un acto heroico, sino, mejor, en algo más pequeño, en una vela que no se apaga y te incita a seguir mirando, buscando dentro. En esa pizca de libertad que aún te queda allí, en esa rebeldía que evita que la inercia te aplaste, que la resignación te convierta en alienígena, en autómata. Resistir es mirarte al espejo y reconocer que no te estás desperdiciando.

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Finge que estás bien

Finge que estás bien, que nada ha pasado, que no llevas con la cortina cerrada más de seis días. Finge que te levantaste, de buen humor y con todo el ánimo, que ayer y antier también fue así y que no repetiste -otra vez- la película que tanto has visto. Finge, que sólo estás descansando y no estás tumbado en la cama divagando por tus propios pensamientos, por los mismos pensamientos una y otra vez. Finge, que hablas con otros y con todos, que les cuentas lo que te atraviesa el pecho todos los días, lo que te ahoga y lo que te ventila. Finge que es mucho mejor hablar con ellos que contigo mismo y que por fin, has olvidado aquella voz interior que en tu infinito idealismo escuchabas en las noches como un faro que te guiaba.

Finge que ya no tienes vicios y que te has inventado una nueva forma de vivir. Fíngelo con una sonrisa, que no sea muy amplia ni muy tímida para que sí funcione el antídoto. Finge que todo lo que no sientes en realidad sí lo estás sintiendo, repítete con intensidad que no es tan arduo, que es cuestión de que el tiempo se ponga en tu lugar. Miéntete, haz de cuenta que eres otro, ese otro al que sabes mentirle con delicadeza y frialdad, al que lo engañas fácilmente y termina por creerte a ciegas. Miéntete y gira tus pasiones, miéntete y abandónalas.

Inventa justificaciones, varias y de todo tipo, que te convenzan que llevas caminando tanto tiempo que la cima no está en ese lugar. Devuélvete y abandona a cuestas todo lo recorrido para volver a inventar otra justificación: esta vez puede ser la lluvia, el calor sofocante, el frío que hiela los latidos o que la arena te está provocando alergia. Lo que sea, aunque sea por pudor.

Aumenta las justificaciones y recuérdalas de tanto en tanto: recuérdale al otro, al que te cree, que los bloqueos no se curan, que el talento no te alcanza, que llevan muchos años juntos y que sólo es una confusión, que mañana será otro día, que el tren pasará de nuevo, que aún estás joven o en cambio ya estás muy viejo, que los días ya pasaron y es tarde para vaciar el alma, que el café se enfrió justo cuando ibas a tomarlo.

Finge que estás bien. Finge, a ver si de una buena vez comprendes que fingir no es un truco que hace magia. Miéntete. Rasga tu verdadera piel, la que aún contiene la voz interior. Envuélvete en el disfraz del otro, el que te cree, el que se deja engañar, el que inventaste para justificar tus miedos. Miéntete y aniquílate a ti mismo. Disfrázate y siéntate a esperar que la falsa piel te asfixie lentamente. O enfréntate a lo que realmente eres.

Para después

Después habrá tiempo para los ideales, aquellos que reposan en libretas empolvadas, aquellos que escribiste con la firmeza del deseo y el desespero del novato. Aquellos que sonaron demasiado románticos porque la valentía se negó a arriesgarse, aquellos que llegaron antes de que estuvieras preparado.

Después tomarás la decisión de revolucionar tu vida; la tuya y la de nadie más, con la osadía, el coraje y la intrepidez que requiere cualquier revolución; siendo ésta la más significativa y urgente.  Vas a luchar, por fin, sin uniforme, sin máscaras, sin antifaces, sin armaduras ni artilugios por lo que te prometiste aquella noche en la que renunciaste a todo, menos a lo que eras.

Después escribirás tu obra, tu historia, tu lucha, como si se tratase de una epifanía ineludible, como si se tratase del talento que les imploraste a los dioses y que ellos, en su eterna compasión te otorgaron. Lo harás de tal manera que todo alrededor parecerá desvanecerse, lo harás con tal vehemencia que el tiempo no se envolverá en excusas pueriles.

Después te dejarás llevar por tus instintos, por el deseo, por la piel, por la colección de besos que sí anhelas y no por los que reemplazaste en su lugar. Después te permitirás llorar desconsoladamente, convencido de que todos los mares caben en tus lágrimas. Llorarás por todas las noches en las que te creíste tus propias farsas. Llorarás porque de vez en vez fallabas y te obligabas a permanecer en un estado de hipnosis que llamaste sueño profundo. Llorarás por corregir tu sensibilidad.

Te dejarás aconsejar por aquellos que gestaron la grandeza. Por Beethoven, que en medio del caos, del alcohol de su padre y de su sordera, avanzó hacia la música hasta abrazarse con ella. Por Bach, que supo reclamarle a Dios por la muerte de todos sus seres queridos a través de sinfonías magistrales.

Después le harás caso a Bukowski y dejarás que aquello que te asfixia con gracia despiadada lo haga. Tomarás el café despacio, sin que el alba apremie. Después sortearás tus decisiones, tratarás de que encajen con tus cicatrices y no con los manuales que impusieron allá afuera. Si no lo lograses, culparás con ruindad al destino por no avisártelo más pronto.

Después, siempre después. Como si estuvieras hablando de varias vidas.

La verdadera revolución

Quién iba a creer que la vida se nos iría en el día a día, en lo urgente, lo perecedero, lo inmediato. Que el tiempo no nos alcanzaría para descubrir qué es el amor, que los soles no nos bastarían para asombrarnos y tantas lunas no nos llenarían las ambiciones.

Quién iba a pensar que las caricias se convertirían en leyendas antiguas, que las cartas escritas a mano estarían al mando de corazones flojos, que las emociones ya no cabrían en abrazos y que hablar por hablar no estaría de más.

Quién iba a prever que las conversaciones profundas pasarían de moda, que las canciones con sentido se apagarían de golpe, que la señal sería insuficiente para sintonizarlas, que el viento ya estaba cansado de soplar a tu, a nuestro favor. Quién hubiera sido capaz de torcer el camino que nos conduciría a este hastío, donde poner la vida ya no es poner el fuego, como dicen aquellas letras que cortan la garganta. Por supuesto, tampoco sentimos la herida porque ponerle el pecho al amor es hoy el gran miedo, y, en efecto, aprendimos a esquivar.

Quién iba a creer que morir en la hoguera, provocar la furia de los dioses, perder el honor en una guerra, deambular siendo espíritu se convertirían en temores de ayer, que existirían personas que pensarían que a esos guerreros antiguos les concedieron los miedos más triviales y a nosotros, en cambio, nos otorgaron los imposibles.

Quién, quién hubiera podido predecir que llegarían tiempos donde la vida se sabría más segura en cuatro paredes que en dos brazos, donde las librerías tendrían que cerrar sus puertas y con ellas sus libros a falta de amantes del perfume impreso, donde el café no supondría diálogos sino afanes, donde las estrellas no traerían consigo poesía ni la primavera enamorados lunáticos.

Quién hubiera imaginado que el futuro se vería tan escueto, tan vacío, tan taciturno. Quién hubiera imaginado que el futuro amanecería tan pronto.

Por qué nadie avisó que quedaríamos unos cuantos extrañando las costumbres que no nos tocó vivir.

Por qué nadie advirtió que quedaríamos pocos, creyendo que tomarse la mano con el otro era una verdadera revolución.

Llegará la vida

Llegará la lluvia y con ella, el silencio, las noches con olor a asfalto húmedo, las ventanas limpias, los miedos entre cobijas, los cuerpos calientes y envueltos entre sí, las conversaciones que merecen el insomnio, y de nuevo, el silencio.

Llegará el sol y con él, la alegría digna de los días carentes de agua, las risas estridentes, los pasos acelerados, los atardeceres en púrpura, la vida envuelta en una corriente de dicha; que parecerá lo habitual, lo cotidiano, lo trillado. Llegará el sol y con él, la calidez o por el contrario, se le olvidará que un día fue sol y entonces, llegará el frío.

Llegará el amor, como una ráfaga de viento que te tumbará de cualquier forma, de todas las formas y con él, los intentos de escape, las huidas, el quedarse. La otra vida teñida de utopía, la otra piel que conoce de ilusiones, el otro lado del corazón que sostiene un ritmo apresurado. Llegará el amor y con él, la música.

Llegará la soledad, invasiva, torrencial, acompañada de un pito sofocante, abrumador, casi enloquecedor. Volverá la soledad. Esta vez más lenta, más suave, menos estruendosa y con ella, las revelaciones significativas, el coraje, los encuentros entre lo veraz y lo fingido, los monólogos, varias muertes y una resurrección de más, el tiempo como una noche que no termina y de pronto, el amanecer más claro. Llegará la soledad y con ella, lo que se es.

Llegará el hastío, de todo y de nada, de lo trascendente y lo transitorio, de lo vulgar y lo selecto, de lo frívolo y lo sensato, de los admirados y los despreciados; y con él, la lucha por los ideales, la batalla por el arte, la huelga de las quimeras pendientes.

Llegarán los libros y con ellos, lo perpetuo.

Llegará el llanto y el valor de las lágrimas.

Llegará la felicidad y lo efímero.

Llegará el dolor y con él, la gratitud.

Llegará la muerte y con ella, lo conciso.

Llegará la intuición y la sabiduría.

Llegará la vida, de repente, sin hacer mucho ruido, sin avisar que es ella la que está pasando y como respuesta, y en defensa propia, diremos que todo fue un paréntesis.

Para ti, por supuesto

A ti te gustaban mucho las promesas. Y también, prometer. Tenías varias formas de hacerlo, una de ellas eran las canciones. Te parecían promesas que no se olvidaban con facilidad porque eran como lugares, siempre estaban ahí si se quisiese visitarlas. Solíamos desafinarlas para hacerlas nuestras. Yo en cambio, detestaba las promesas. Me parecían sosas, inocuas, ataduras dolorosas, sobornos disfrazados.

Con los días y con la habilidad usual de la memoria selectiva, se me fue olvidando la parte oscura de ellas y me dejé fascinar por su lado seductor. Te prometí un amor infinito, un amor abundante en romanticismo, carente de tibiezas, osado y aventurero. Te prometí un amor, en donde los sueños de ambos tuvieran dirección propia y despegue doble.

Recordé mis años solitarios y pensé que estaba traicionando todos los mandamientos que yo misma había creado, esa lista de métodos infalibles para andar por la vida con una ligereza casi imperturbable. Pero estabas tú, que habías llegado para desordenar cualquier forma nociva de sentir las emociones, para pasarle corriente a mi corazón, para hacer factibles todas esas hipérboles que uno siente cuando se cree más vivo que todos los seres vivientes.

Sabes bien, cuánto mérito le doy a los años en soledad que me regalaron las circunstancias y sin embargo, no lograron enseñarme cuán hastiado está el amor de que lo comprimamos a significados, de que lo reduzcamos a explicaciones. Porque casi siempre, la soledad crea representaciones de él sin contexto, sin una trama.

Y sí, a pesar de la “sabiduría” suprema con la que rechazaba las promesas, te prometí. A pesar de las evasivas por sentir, te quiero. A pesar del escepticismo ortodoxo para darle méritos a la compañía, te los doy… Resulta entonces que, ponerle códigos al amor es un absurdo porque siempre llega como una ráfaga de viento fuerte que, si no te tumba, te sacude bastante.

En ese revuelto de figuras literarias que es el amor, no hay que privarse, no hay que obligarse, no hay que abusar de los imaginarios impuestos por uno mismo y mejor, hay que darle méritos a los nuevos significados que van llegando de manera espontánea.

Esto es para ti, por supuesto. Porque el amor es, contra todos los pronósticos, lo más lejano a las imposiciones soñadas -que aunque soñadas, no dejan de ser imposiciones- y lo más cercano a una libertad de dejar llegar las emociones tal y como se presenten.

Los imprescindibles

Ser idealista en un mundo tan sistemático resulta doloroso y por momentos, agota.

Ser idealista cuando se está rodeado de realistas dogmáticos, provoca un desgarre interno en la esperanza.
Ser idealista en una sociedad donde la cobardía hacia los sueños y la infelicidad se justifican con una cuenta bancaria, produce (sin lugar para negarlo) lágrimas desesperadas.
Ser idealista es intentar vivir con la coraza que exigen las formas establecidas y desfigurarse, romperse, volver a quedar amorfo en el intento.

Los idealistas estamos hechos de un material un tanto alucinógeno: dentro de tanta algarabía, lo único que vemos es un cúmulo colorido de poesía. En la bomba negra en la  que a veces se sumerge la humanidad, hallamos la aguja que causa un pequeño agujero por donde aparece luz. En un mundo violento y sanguinario, seguimos creyendo en discursos pacíficos, en el amor como lo natural y lo innato, en el diálogo como solución infalible.

Los idealistas protestamos sin cesar ante los miedos cuando notamos que se están estirando y protestamos también ante los sueños cuando por enojo -o por vicio- no les da la gana de volverse ciertos. Nadamos, caminamos, trotamos y corremos contra la corriente, cuando los instintos son el faro y aun así nos tratan de convencer que vamos por la senda errónea. Los idealistas alentamos sin remordimiento alguno a todos por igual: a los que bosquejan su felicidad con líneas rectas, a los que dibujan su anhelo con curvilíneas, a los que esculpen su vida con trazos sin forma. Creemos que todos, sin excepción, tienen el derecho de soñar con tanta vehemencia como nosotros, por lo menos una vez.

A los idealistas se nos rompe el corazón más que muchas veces, tratando de entender la batalla campal que existe entre la vida ideal y la vida ejemplar; entre la utopía y la realidad; entre lo que se sueña y contra lo que se estrella. A los idealistas nos toca -de cuando en cuando- voltearnos en la cama boca abajo para que el peso de los realistas no nos oprima el pecho, inundado de semillas. A los idealistas sobre todo, nos cuesta adaptarnos a lo que el alma no detecta como un imán de florecimiento.

Los idealistas no somos, ni mucho menos, seres desdichados pero nos preguntamos -de manera constante- si bastaría con ser realistas para escurrirse más fácilmente por la vida.  A pesar de ello, sabemos que ambas identidades son necesarias para que haya un equilibrio sensato: sin los realistas, el mundo desconocería que lo práctico nos hace avanzar y sin los idealistas, la ilusión de un tiempo dorado no tendría cabida. El problema es que los idealistas creemos que somos esa porción de imprescindibles; aunque el resto del mundo prescinda de nosotros y nuestras ridículas ambiciones perpetuas.