Se es fuerte

Pasa que repentinamente, el abismo tumba, uno se siente débil y cree que se fue, que la fuerza se marchó. Pero en ese lapso, uno ya se hizo fuerte y la fuerza no se acaba; se esconde por momentos.

Pasa que se llega hasta el punto del no retorno, se echa un vistazo hacia atrás para sentir la nostalgia de lo antaño y de pronto, surgen unas ganas impetuosas de retroceder; pero el impulso tira en dirección contraria.

Pasa que ese impulso es provocado por una fuerza que se labra de a poco, que se esculpe en cada salto al vacío, que resulta ser grande y su tamaño se expande cada vez que se le pone a prueba.

Pasa entonces, que la fuerza y el impulso son dos alas de vuelo agarradas de un mismo viento. La primera está hecha de la segunda y la segunda no existe nunca en soledad. Si hay impulso, todavía queda fuerza. Si hay fuerza pero está escondida, es el impulso quien la hará re aparecer.

He ahí la magia de la vida: ser fuerte significa conocer el precipicio tan bien como la tierra firme, haber querido retroceder pero caminar -aunque sea más lento-, saltar, fracturarse,  coserse con gotas de impulso, creer que la recuperación va a funcionar. Volver al ruedo.

Pasa que, una vez se es fuerte, no hay marcha atrás. No hay otro camino, no hay otra salida, no hay otra entrada, no hay otro sentido; porque la fortaleza está hecha de debilidades ambiguas y profundas, porque son las lágrimas el agua que moja a la piel con cicatrices. Porque ser fuerte no excluye la fragilidad.

Los seres humanos que se sienten fuertes lo son más, mucho más, que aquellos que verdaderamente lo son; porque entienden la derrota como lo que es, solo están en el piso el tiempo suficiente para ponerse de pie.

Se es fuerte, aún en las penumbras más oscuras.
Se es fuerte, cuando no se cree serlo.
Se es fuerte, cuando se ha conocido la textura del fondo.

Se es fuerte, cuando el pozo sigue siendo hondo.

Se es fuerte, cuando al túnel le falta la luz del final.

Se es fuerte, cuando a los pies le sobran kilómetros y le faltan ansias.

Sí, la fuerza (siempre) aparece como por arte de magia. Sin saber que la teníamos como un as bajo la manga.

Por fortuna

El pasado se mira de dos formas: con nostalgia o con agradecimiento. Por fortuna, ambas conjugan con aprendizaje. De la nostalgia uno aprende a sentir los recuerdos felices sin anhelos tardíos y del agradecimiento, uno adquiere el valor para perdonar y volver a empezar.

Sin embargo, tenemos un recurrente, desgastado y sombrío vicio de vivir en relojes atrasados, armarios empolvados, ropas usadas, caminos sin vuelta atrás; tenemos la nefasta costumbre de extender el pasado más de lo que el presente lo permite.

A veces siento que no es la sociedad la culpable de nuestras creencias profundas, sino que el ser humano tiene una enfermedad inherente a él llamada apego. Casi cualquier final lo miramos con ojos tristes, iracundos, impotentes, carentes de ilusión. Preferimos dar círculos viciosos que desprendernos de alguna pluma del ala.

Por supuesto que el cambio trae consigo miedos nuevos y se arrastra a su vez los viejos, por supuesto que cualquier metamorfosis mutila una o varias pieles conocidas y acomodadas; pero no deja de resultar cobarde exigirle al pasado que vuelva. Como si fuéramos los prisioneros de la caverna de Platón, obligados a permanecer dentro viendo sombras, privados de contemplar una realidad más completa y profunda.

Por fortuna, existen los comienzos obligados; como los del calendario, que casi siempre nos regalan unos ojos restaurados para mirar el tiempo con el criterio que se merece: el pasado no es elástico. No intentemos agregarle más de lo que nos dio. Y tampoco le quitemos créditos de lo que nos enseñó.

Un año nuevo es el simbolismo de un comienzo renovado, es la bonita costumbre de enfrascar los sueños en una lista, es la ilusión ingenua del “ahora sí”. Pero qué clase de comienzo es ese que sigue abarcando un pasado como si estuviera latente. Qué clase de presente es aquel que está envuelto más en un reloj detenido que en uno que gira.

No es vivir omitiendo los lugares en donde la vida nos hizo amar. No es vivir evaporando lo que hemos llegado a ser. No es suprimir algunas letras del abecedario. Es saber ubicarnos temporalmente en el set de nuestra vida.

Soltar. Despedirse. Agradecer. Pasar la página. Que el pasado siempre pertenezca a nosotros, no quiere decir que le pertenecemos a él.

A veces

A veces, uno amanece lúgubre. Como opaco. Con la luz tenue. Con escalofrío en el alma. Con el corazón arrugado. A veces, uno amanece con las tripas revueltas, sin ganas de escuchar ni ver lo que está pasando afuera. Con ganas de cerrarse para que, por fin, amanezca de nuevo.

Hay otros días donde uno amanece dichoso, renovado. Con una corriente de luz eléctrica, como si la noche anterior los fantasmas se hubieran ido y no tuvieran ganas de volver, como si los miedos nunca hubiesen existido, como si lo difícil fuera fiable, lo complejo se tornara simple, lo que nos estaba desgarrando la mente se apartara de ella. 

Esos días, donde todo está más cromático, donde la felicidad está en el punto exacto de ebullición, donde uno se siente con la fuerza invencible y la voluntad de acero y también, nota que el tiempo (esta vez) no lo está atropellando; esos días (tan escasos y misteriosos) son los necesarios para soportar los sombríos.

Esos, son los que nos dejan sentir que el abismo tiene suelo. Que ese puente que separa la vida que tenemos con la vida que soñamos, o la vida que creemos merecer con la que realmente necesitamos ya no está tan largo, ya no está tan inestable ni tan movedizo. Ya está a punto de terminarse. Ya estamos a punto de estar en el lado B (o en el C, o en cualquiera que ya no sea el A).

A veces uno amanece eufórico. Sonriente. Con el corazón por todo el cuerpo. Más sensible. Más observador. Más perspicaz. Más terco con los sueños que con los miedos. Con el talón de Aquiles menos vulnerable. Con el alma más fotogénica con la de los demás. Con la inspiración bien plantada y cosechada. Con el oleaje interno en equilibrio. Con el cariño de quienes nos rodean más recíproco.

Y entonces, son esos días los que le dan rumbo a la marea. Los que nos ponen un zapato de realismo y otro de idealismo. Los que después nos harán recordar por qué hay que abrir la puerta cuando amanece. Los que le dan más, mucho más valor a los otros: simplones y estáticos.

Casi siempre, la sensación que tenemos en esos días vivos, se la debemos a alguien. Y ellos, quienes nos hacen mirar a la felicidad como aquello que nos hace sentir agradecidos por estar vivos; se merecen -cuando menos- estas letras. Gracias.

De esto se trata

En medio de mucha gente, estábamos tú y yo, buscándonos con la mirada. Cuando nos encontramos, se me aceleró el corazón, y después los ojos y más tarde la boca. Quise pensar que a ti te pasó lo mismo cuando vi tus mejillas rojas. No sabíamos muy bien qué hacer y ante eso, nos seguimos mirando, reparándonos, detallando qué estaba y qué no.

Entonces, comenzamos a acercarnos y me mostraste una sonrisa tímida, sonrisa que yo te devolví. Con ese silencio y esas sonrisas, nos estábamos agradeciendo por tanta felicidad vivida, afirmándonos que nos hacía bien volver a vernos después de tanto, después de todo. Agradeciéndonos también, por entender que cuando se comparte silencio, se comparte profundidad.

Después de un rato, me tocaste la nariz como solías y yo te abracé también como solía hacerlo, pero con más fuerza mientras mis ojos se llenaron de agua. 

“Así que de esto se trata el olvido”, dijiste, y yo tuve ganas de responderte que no, que estar cómodos en silencio es todo, menos olvido.

Pero no te dije nada, excepto otra y otra sonrisa. Me dijiste que la distancia sabía a sal y te respondí que la sal tenía el poder de sanar.

Yo me puse a recordar tus canciones, tu paciencia, tus chistes flojos, tu amor a la libertad, tus ojos que comparaba con el sol, tus caricias firmes. Y tú, seguramente, recordaste mis bullicios, mis risas ensordecedoras, mi amor al viento y mis dientes grandes. Nos pusimos a recordar cuánto nos había salvado habernos conocido un día corriente.

“Todavía te quiero”, te dije después de un rato, y tú me dijiste que el “todavía” sobraba. Entonces recordé aquel primer “te quiero” que -espontáneamente- se me escapó del alma y sentí que se me escapaba otro igual pero con más peso; quizás porque estaba hecho de sal.

Sin embargo, me quedé en silencio, mientras me agarraste las manos con fuerza, y los dos, cómplices, recordamos que ése era nuestro gesto de lealtad.

“Así que de esto se trata el olvido”, te dije. Y tú, que bien me conoces, me respondiste con un te quiero. 

Arrugas en la frente

Confieso que, con el tiempo, he ido descubriendo el valor de lo insignificante. 

Kundera, en su libro “la fiesta de la insignificancia”, lo explica aún mejor: la profundidad de la vida es tal, que hay que darle valor a lo insignificante para livianarnos de tanto en tanto.

Así pues, tener conversaciones banales con la pareja sobre si nos gusta más el pelo largo o corto o si preferimos el vino tinto o blanco, o si el chiste es bueno o malo; es tan necesario como hablar de los miedos que nos ganan la batalla o los sueños que están en los asuntos por resolver.

Dentro de esas conversaciones importantes, estuve hablando con mis amigas sobre las arrugas en la frente. Quién tenía, quién no, quién las tenía más marcadas y hasta de la forma de ola de mar o marca de bisturí que tenían unas y otras. Después, vino el tema de las manchas y las pecas. Si eran lindas o feas, si nos gustaban o no. 

Y entonces lo bonito del valor de lo insignificante es que te lleva a cuestionar lo trascendental: pensé que, seguramente, todas teníamos arrugas en la frente pero del corazón y manchas y pecas. Y así como en la piel, algunas le lucen tanto al corazón que no queremos extirparlas porque son ellas las que nos han formado la mirada, la sonrisa, la perspectiva.

Las arrugas en la frente nos han aparecido por las rabias, el dolor, la incertidumbre y se han ido hasta el corazón. Las manchas y las pecas, por el sol ardiente, que casi siempre es sinónimo de haber estado feliz. Y también se han desplazado hasta el corazón. 

Por eso, el valor de lo insignificante, de lo trascendental, está asociado al igual que el de las manchas y las pecas: a la piel y el alma, es decir, al equilibrio. 

Manual para despertar, segunda parte

Hace poco, me encontré con un profesor de la universidad y después de un abrazo fuerte para confirmarle que le agradecía por sus enseñanzas, me dijo: “¿y usted qué? La cara de niña ya se fue, ¿se casó? ¿Qué hay de su vida?”.

Yo esperé que se riera y como no sucedió, me reí yo. “Pero si todavía soy una niñita” – le respondí-, como si uno tuviera que dar explicaciones de la marea que es su vida.

Tengo 25 años. No tengo una especialización, tampoco un doctorado. Estoy analizando la posibilidad de estudiar una maestría. Si acaso, en una carpeta vieja tengo mi diploma de Comunicadora Social / Periodista y también el que dice que me gradué en 2007 de un colegio. En esa misma carpeta hay cartas que escribía cuando era niña, dibujos que hacía un día porque sí y notas escritas a mano haciéndoles saber a mis papás lo mucho que los amaba, así ese amor estuviera con mala ortografía.

Ese encuentro con mi profesor, me dejó pensando que estamos en una carrera donde por más que aceleramos, no llegamos a ninguna meta. Ser mejores ya no es opción. Tenemos que ser profesionales, especialistas, doctores y como si eso fuera poco: estar vivos. Pareciera que no podemos elegir, tenemos que serlo todo a la vez y en poco tiempo. Porque a los 25 años, la vida ya se acabó.

Ya no hay tiempo para saborear un café. La alarma del despertador está programada más veces que los abrazos que damos en el día. A los sueños viscerales les está dando gastritis y la cura es correr.

Nos estamos obligando a vivir para acumular diplomas y no cartas. Nos estamos obligando a sentir más el aire acondicionado que el viento. Nos estamos obligando a pensar que nada nos satisface, que a los 25 años ya tenemos que tener todo resuelto y que los fracasos no están permitidos en el libreto de nuestra propia película.

STOP

Que el reloj de cada quien es subjetivo.

STOP

Que los parámetros son personales.

STOP

Que el corazón no es una réplica que se compra y se instala.

STOP

Que hay quienes prefieren coleccionar cartas, no diplomas y viceversa. Y que lo uno o lo otro, depende del guionista, no de los actores de reparto.

STOP

Que esa manía de no estar satisfecho con nada. Esa costumbre de buscarle sin/embargos a la felicidad, no siempre es útil.

STOP

Que esa insaciabilidad no siempre es buena.

PARA y échate un vaso de agua (fría) en la cara, que esa insaciabilidad no puede robarte el zoom de la vida.

Calendario

Hay días en los que el minutero del reloj se siente como una bola de acero sobre la cabeza, sobre el pecho, sobre un pie…

Hay días en los que no hace falta mirar el tiempo y en cambio le exigimos al cielo que se extiendan.

Hay días en los que el negro es el único color que detecta la pupila. Hay otros que son un reguero de amarillos.

Existen días en los que la mierda sale en forma de lágrimas y en cambio hay otros que se musicalizan a carcajadas.

Hay días para romper el corazón y están también los que lo cosen a mano.

Hay días donde la soledad asfixia y hay otros donde la compañía sirve de respirador.

Ya ves que no parece ser tan complejo: hay días que se viven desde el infierno y otros desde el cielo.