Para ti, por supuesto

A ti te gustaban mucho las promesas. Y también, prometer. Tenías varias formas de hacerlo, una de ellas eran las canciones. Te parecían promesas que no se olvidaban con facilidad porque eran como lugares, siempre estaban ahí si se quisiese visitarlas. Solíamos desafinarlas para hacerlas nuestras. Yo en cambio, detestaba las promesas. Me parecían sosas, inocuas, ataduras dolorosas, sobornos disfrazados.

Con los días y con la habilidad usual de la memoria selectiva, se me fue olvidando la parte oscura de ellas y me dejé fascinar por su lado seductor. Te prometí un amor infinito, un amor abundante en romanticismo, carente de tibiezas, osado y aventurero. Te prometí un amor, en donde los sueños de ambos tuvieran dirección propia y despegue doble.

Recordé mis años solitarios y pensé que estaba traicionando todos los mandamientos que yo misma había creado, esa lista de métodos infalibles para andar por la vida con una ligereza casi imperturbable. Pero estabas tú, que habías llegado para desordenar cualquier forma nociva de sentir las emociones, para pasarle corriente a mi corazón, para hacer factibles todas esas hipérboles que uno siente cuando se cree más vivo que todos los seres vivientes.

Sabes bien, cuánto mérito le doy a los años en soledad que me regalaron las circunstancias y sin embargo, no lograron enseñarme cuán hastiado está el amor de que lo comprimamos a significados, de que lo reduzcamos a explicaciones. Porque casi siempre, la soledad crea representaciones de él sin contexto, sin una trama.

Y sí, a pesar de la “sabiduría” suprema con la que rechazaba las promesas, te prometí. A pesar de las evasivas por sentir, te quiero. A pesar del escepticismo ortodoxo para darle méritos a la compañía, te los doy… Resulta entonces que, ponerle códigos al amor es un absurdo porque siempre llega como una ráfaga de viento fuerte que, si no te tumba, te sacude bastante.

En ese revuelto de figuras literarias que es el amor, no hay que privarse, no hay que obligarse, no hay que abusar de los imaginarios impuestos por uno mismo y mejor, hay que darle méritos a los nuevos significados que van llegando de manera espontánea.

Esto es para ti, por supuesto. Porque el amor es, contra todos los pronósticos, lo más lejano a las imposiciones soñadas -que aunque soñadas, no dejan de ser imposiciones- y lo más cercano a una libertad de dejar llegar las emociones tal y como se presenten.

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Los imprescindibles

Ser idealista en un mundo tan sistemático resulta doloroso y por momentos, agota.

Ser idealista cuando se está rodeado de realistas dogmáticos, provoca un desgarre interno en la esperanza.
Ser idealista en una sociedad donde la cobardía hacia los sueños y la infelicidad se justifican con una cuenta bancaria, produce (sin lugar para negarlo) lágrimas desesperadas.
Ser idealista es intentar vivir con la coraza que exigen las formas establecidas y desfigurarse, romperse, volver a quedar amorfo en el intento.

Los idealistas estamos hechos de un material un tanto alucinógeno: dentro de tanta algarabía, lo único que vemos es un cúmulo colorido de poesía. En la bomba negra en la  que a veces se sumerge la humanidad, hallamos la aguja que causa un pequeño agujero por donde aparece luz. En un mundo violento y sanguinario, seguimos creyendo en discursos pacíficos, en el amor como lo natural y lo innato, en el diálogo como solución infalible.

Los idealistas protestamos sin cesar ante los miedos cuando notamos que se están estirando y protestamos también ante los sueños cuando por enojo -o por vicio- no les da la gana de volverse ciertos. Nadamos, caminamos, trotamos y corremos contra la corriente, cuando los instintos son el faro y aun así nos tratan de convencer que vamos por la senda errónea. Los idealistas alentamos sin remordimiento alguno a todos por igual: a los que bosquejan su felicidad con líneas rectas, a los que dibujan su anhelo con curvilíneas, a los que esculpen su vida con trazos sin forma. Creemos que todos, sin excepción, tienen el derecho de soñar con tanta vehemencia como nosotros, por lo menos una vez.

A los idealistas se nos rompe el corazón más que muchas veces, tratando de entender la batalla campal que existe entre la vida ideal y la vida ejemplar; entre la utopía y la realidad; entre lo que se sueña y contra lo que se estrella. A los idealistas nos toca -de cuando en cuando- voltearnos en la cama boca abajo para que el peso de los realistas no nos oprima el pecho, inundado de semillas. A los idealistas sobre todo, nos cuesta adaptarnos a lo que el alma no detecta como un imán de florecimiento.

Los idealistas no somos, ni mucho menos, seres desdichados pero nos preguntamos -de manera constante- si bastaría con ser realistas para escurrirse más fácilmente por la vida.  A pesar de ello, sabemos que ambas identidades son necesarias para que haya un equilibrio sensato: sin los realistas, el mundo desconocería que lo práctico nos hace avanzar y sin los idealistas, la ilusión de un tiempo dorado no tendría cabida. El problema es que los idealistas creemos que somos esa porción de imprescindibles; aunque el resto del mundo prescinda de nosotros y nuestras ridículas ambiciones perpetuas.

Se es fuerte

Pasa que repentinamente, el abismo tumba, uno se siente débil y cree que se fue, que la fuerza se marchó. Pero en ese lapso, uno ya se hizo fuerte y la fuerza no se acaba; se esconde por momentos.

Pasa que se llega hasta el punto del no retorno, se echa un vistazo hacia atrás para sentir la nostalgia de lo antaño y de pronto, surgen unas ganas impetuosas de retroceder; pero el impulso tira en dirección contraria.

Pasa que ese impulso es provocado por una fuerza que se labra de a poco, que se esculpe en cada salto al vacío, que resulta ser grande y su tamaño se expande cada vez que se le pone a prueba.

Pasa entonces, que la fuerza y el impulso son dos alas de vuelo agarradas de un mismo viento. La primera está hecha de la segunda y la segunda no existe nunca en soledad. Si hay impulso, todavía queda fuerza. Si hay fuerza pero está escondida, es el impulso quien la hará re aparecer.

He ahí la magia de la vida: ser fuerte significa conocer el precipicio tan bien como la tierra firme, haber querido retroceder pero caminar -aunque sea más lento-, saltar, fracturarse,  coserse con gotas de impulso, creer que la recuperación va a funcionar. Volver al ruedo.

Pasa que, una vez se es fuerte, no hay marcha atrás. No hay otro camino, no hay otra salida, no hay otra entrada, no hay otro sentido; porque la fortaleza está hecha de debilidades ambiguas y profundas, porque son las lágrimas el agua que moja a la piel con cicatrices. Porque ser fuerte no excluye la fragilidad.

Los seres humanos que se sienten fuertes lo son más, mucho más, que aquellos que verdaderamente lo son; porque entienden la derrota como lo que es, solo están en el piso el tiempo suficiente para ponerse de pie.

Se es fuerte, aún en las penumbras más oscuras.
Se es fuerte, cuando no se cree serlo.
Se es fuerte, cuando se ha conocido la textura del fondo.

Se es fuerte, cuando el pozo sigue siendo hondo.

Se es fuerte, cuando al túnel le falta la luz del final.

Se es fuerte, cuando a los pies le sobran kilómetros y le faltan ansias.

Sí, la fuerza (siempre) aparece como por arte de magia. Sin saber que la teníamos como un as bajo la manga.

Por fortuna

El pasado se mira de dos formas: con nostalgia o con agradecimiento. Por fortuna, ambas conjugan con aprendizaje. De la nostalgia uno aprende a sentir los recuerdos felices sin anhelos tardíos y del agradecimiento, uno adquiere el valor para perdonar y volver a empezar.

Sin embargo, tenemos un recurrente, desgastado y sombrío vicio de vivir en relojes atrasados, armarios empolvados, ropas usadas, caminos sin vuelta atrás; tenemos la nefasta costumbre de extender el pasado más de lo que el presente lo permite.

A veces siento que no es la sociedad la culpable de nuestras creencias profundas, sino que el ser humano tiene una enfermedad inherente a él llamada apego. Casi cualquier final lo miramos con ojos tristes, iracundos, impotentes, carentes de ilusión. Preferimos dar círculos viciosos que desprendernos de alguna pluma del ala.

Por supuesto que el cambio trae consigo miedos nuevos y se arrastra a su vez los viejos, por supuesto que cualquier metamorfosis mutila una o varias pieles conocidas y acomodadas; pero no deja de resultar cobarde exigirle al pasado que vuelva. Como si fuéramos los prisioneros de la caverna de Platón, obligados a permanecer dentro viendo sombras, privados de contemplar una realidad más completa y profunda.

Por fortuna, existen los comienzos obligados; como los del calendario, que casi siempre nos regalan unos ojos restaurados para mirar el tiempo con el criterio que se merece: el pasado no es elástico. No intentemos agregarle más de lo que nos dio. Y tampoco le quitemos créditos de lo que nos enseñó.

Un año nuevo es el simbolismo de un comienzo renovado, es la bonita costumbre de enfrascar los sueños en una lista, es la ilusión ingenua del “ahora sí”. Pero qué clase de comienzo es ese que sigue abarcando un pasado como si estuviera latente. Qué clase de presente es aquel que está envuelto más en un reloj detenido que en uno que gira.

No es vivir omitiendo los lugares en donde la vida nos hizo amar. No es vivir evaporando lo que hemos llegado a ser. No es suprimir algunas letras del abecedario. Es saber ubicarnos temporalmente en el set de nuestra vida.

Soltar. Despedirse. Agradecer. Pasar la página. Que el pasado siempre pertenezca a nosotros, no quiere decir que le pertenecemos a él.

A veces

A veces, uno amanece lúgubre. Como opaco. Con la luz tenue. Con escalofrío en el alma. Con el corazón arrugado. A veces, uno amanece con las tripas revueltas, sin ganas de escuchar ni ver lo que está pasando afuera. Con ganas de cerrarse para que, por fin, amanezca de nuevo.

Hay otros días donde uno amanece dichoso, renovado. Con una corriente de luz eléctrica, como si la noche anterior los fantasmas se hubieran ido y no tuvieran ganas de volver, como si los miedos nunca hubiesen existido, como si lo difícil fuera fiable, lo complejo se tornara simple, lo que nos estaba desgarrando la mente se apartara de ella. 

Esos días, donde todo está más cromático, donde la felicidad está en el punto exacto de ebullición, donde uno se siente con la fuerza invencible y la voluntad de acero y también, nota que el tiempo (esta vez) no lo está atropellando; esos días (tan escasos y misteriosos) son los necesarios para soportar los sombríos.

Esos, son los que nos dejan sentir que el abismo tiene suelo. Que ese puente que separa la vida que tenemos con la vida que soñamos, o la vida que creemos merecer con la que realmente necesitamos ya no está tan largo, ya no está tan inestable ni tan movedizo. Ya está a punto de terminarse. Ya estamos a punto de estar en el lado B (o en el C, o en cualquiera que ya no sea el A).

A veces uno amanece eufórico. Sonriente. Con el corazón por todo el cuerpo. Más sensible. Más observador. Más perspicaz. Más terco con los sueños que con los miedos. Con el talón de Aquiles menos vulnerable. Con el alma más fotogénica con la de los demás. Con la inspiración bien plantada y cosechada. Con el oleaje interno en equilibrio. Con el cariño de quienes nos rodean más recíproco.

Y entonces, son esos días los que le dan rumbo a la marea. Los que nos ponen un zapato de realismo y otro de idealismo. Los que después nos harán recordar por qué hay que abrir la puerta cuando amanece. Los que le dan más, mucho más valor a los otros: simplones y estáticos.

Casi siempre, la sensación que tenemos en esos días vivos, se la debemos a alguien. Y ellos, quienes nos hacen mirar a la felicidad como aquello que nos hace sentir agradecidos por estar vivos; se merecen -cuando menos- estas letras. Gracias.

De esto se trata

En medio de mucha gente, estábamos tú y yo, buscándonos con la mirada. Cuando nos encontramos, se me aceleró el corazón, y después los ojos y más tarde la boca. Quise pensar que a ti te pasó lo mismo cuando vi tus mejillas rojas. No sabíamos muy bien qué hacer y ante eso, nos seguimos mirando, reparándonos, detallando qué estaba y qué no.

Entonces, comenzamos a acercarnos y me mostraste una sonrisa tímida, sonrisa que yo te devolví. Con ese silencio y esas sonrisas, nos estábamos agradeciendo por tanta felicidad vivida, afirmándonos que nos hacía bien volver a vernos después de tanto, después de todo. Agradeciéndonos también, por entender que cuando se comparte silencio, se comparte profundidad.

Después de un rato, me tocaste la nariz como solías y yo te abracé también como solía hacerlo, pero con más fuerza mientras mis ojos se llenaron de agua. 

“Así que de esto se trata el olvido”, dijiste, y yo tuve ganas de responderte que no, que estar cómodos en silencio es todo, menos olvido.

Pero no te dije nada, excepto otra y otra sonrisa. Me dijiste que la distancia sabía a sal y te respondí que la sal tenía el poder de sanar.

Yo me puse a recordar tus canciones, tu paciencia, tus chistes flojos, tu amor a la libertad, tus ojos que comparaba con el sol, tus caricias firmes. Y tú, seguramente, recordaste mis bullicios, mis risas ensordecedoras, mi amor al viento y mis dientes grandes. Nos pusimos a recordar cuánto nos había salvado habernos conocido un día corriente.

“Todavía te quiero”, te dije después de un rato, y tú me dijiste que el “todavía” sobraba. Entonces recordé aquel primer “te quiero” que -espontáneamente- se me escapó del alma y sentí que se me escapaba otro igual pero con más peso; quizás porque estaba hecho de sal.

Sin embargo, me quedé en silencio, mientras me agarraste las manos con fuerza, y los dos, cómplices, recordamos que ése era nuestro gesto de lealtad.

“Así que de esto se trata el olvido”, te dije. Y tú, que bien me conoces, me respondiste con un te quiero. 

Arrugas en la frente

Confieso que, con el tiempo, he ido descubriendo el valor de lo insignificante. 

Kundera, en su libro “la fiesta de la insignificancia”, lo explica aún mejor: la profundidad de la vida es tal, que hay que darle valor a lo insignificante para livianarnos de tanto en tanto.

Así pues, tener conversaciones banales con la pareja sobre si nos gusta más el pelo largo o corto o si preferimos el vino tinto o blanco, o si el chiste es bueno o malo; es tan necesario como hablar de los miedos que nos ganan la batalla o los sueños que están en los asuntos por resolver.

Dentro de esas conversaciones importantes, estuve hablando con mis amigas sobre las arrugas en la frente. Quién tenía, quién no, quién las tenía más marcadas y hasta de la forma de ola de mar o marca de bisturí que tenían unas y otras. Después, vino el tema de las manchas y las pecas. Si eran lindas o feas, si nos gustaban o no. 

Y entonces lo bonito del valor de lo insignificante es que te lleva a cuestionar lo trascendental: pensé que, seguramente, todas teníamos arrugas en la frente pero del corazón y manchas y pecas. Y así como en la piel, algunas le lucen tanto al corazón que no queremos extirparlas porque son ellas las que nos han formado la mirada, la sonrisa, la perspectiva.

Las arrugas en la frente nos han aparecido por las rabias, el dolor, la incertidumbre y se han ido hasta el corazón. Las manchas y las pecas, por el sol ardiente, que casi siempre es sinónimo de haber estado feliz. Y también se han desplazado hasta el corazón. 

Por eso, el valor de lo insignificante, de lo trascendental, está asociado al igual que el de las manchas y las pecas: a la piel y el alma, es decir, al equilibrio.