A él

Ha pasado ya un buen tiempo desde que creí dejarte, sin saber que eso jamás será posible. Sigues estando en cada rincón de mi casa y, aunque yo me esforzara por huir, mi familia me va a recordar con varios gestos que permaneces aquí.

Te he confundido con casi todo y, hasta ahora, entiendo que he sido incongruente al volverte sinónimo de tus adversos. Debes reírte de mí cuando hablo de ti con tanto ahínco, sin aproximarme siquiera a lo que otorgas. Te debe doler el corazón cuando he herido en tu nombre, debes estar decepcionado de la forma tan mediocre en la que te he sentido.

Te decía que, hace unos tres o cuatro años, creí dejarte. Te dije que el camino contigo me estaba sabiendo amargo y que la amargura solo me sabía bien en el café y con el viento helado. Y entonces, una tarde bonita y de sol frío, desde la cima de la ciudad, te dije adiós.

Pero no te fuiste. Insististe, a pesar de mi terquedad, que tu inherencia era inquebrantable, que sin ti el corazón iba a aburrirse. Y en tu amplia sabiduría y ruda delicadeza, me rodeaste de amistad incondicional, fuerza familiar, experiencias sanadoras y nuevas personas llenas de ti. En tu amplia sabiduría, te quedaste.

Hoy te escribo para pedirte que perdones mis intentos de ahogarte en ríos que no llevan tu agua, encapotarte con cielos donde no escampa, encerrarte en cuartos sin ventanas, intentar comprenderte y, al no conseguirlo, tratar de extinguirte. Por acelerar o frenar tus ritmos con mis relojes, desgastarte con velas derretidas, confundirte con casi todo y no reconocer tu esencia limpia y sin ataduras.

Te confundí con exceso, desequilibrio, dolor, indiferencia, incertidumbre y angustia; con ansiedad, desvelo, vacío y  asfixia. Hoy entiendo que todas esas emociones  las produjo tu enemigo nefasto y que estaban lejos de lo que tú regalas.

Perdón, de nuevo. Creo que los humanos no digerimos bien tu grandeza o, por lo menos, no somos capaces de recibir tu impacto como debe ser. Perdón, amor, por hablar de ti para justificar mis miedos y cobardías, mis traumas y mis apegos, mis inseguridades y exigencias. Perdón, amor, por no indagarte exhaustivamente y saber que eres libertad.

Perdón, amor, por reducirte al cariño de pareja y dejar de notar que estás instalado en cada ser humano.

Perdón, amor, por no estar a tu altura.

Perdón, amor, por cambiar tu reputación según mi tristeza o mi felicidad; olvidando que tú no destruyes, no rasgas, no quiebras.

Perdón por olvidar que tú, amor, estás exento de cualquier maldad humana. Que somos nosotros, quienes dañamos y en un gesto hipócrita y descarado, te culpamos a ti.

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De lo que estamos hechos

Hay personas con el corazón fuerte como un roble. Las hay tan valientes que parecen hechas con piel de acero. Hay otras misteriosas, que te dejan siempre con tres puntos suspensivos en la cabeza. Existen personas con una chispa indiscutible, que atraviesa cada átomo y nos hacen tomar una bocanada de aire intensa como si antes de ellas no respiráramos bien. Hay unas que son como olas de mar, vienen y van; constantemente, perpetuamente. Hay otras que encajan súbitamente, porque guardan nuestra misma música.

Las de corazón fuerte nos tapan las goteras del pecho, nos suavizan las cicatrices, nos convencen de escamparnos de cualquier tormenta. Las valientes nos obligan a saltar sin conocer el suelo. Las misteriosas tienen el don de ponernos en alerta, a rebujar nuestros pensamientos con ímpetu. Las de aire nuevo nos despojan de los vicios viejos, de las costumbres inocuas; nos regalan suspiros que no conocíamos. Las de mar, nos enseñan de libertad, a ir con el agua y venir con la arena, a saber que ambas cosas, como muchas otras, se escurren entre los dedos.

Uno conoce a los incansables, que están invadidos de rasguños invisibles. A los rescatistas, que nos tiran una cuerda fuerte y resistente para salir de algún pozo. A los que parecen árboles, con raíces incondicionales y brazos al cielo. A los capitanes, que guían en la marea y prenden un faro en la oscuridad. Uno conoce a los felices, que van por la vida pasando sorpresivamente como una orquesta que contagia al público.

Existen personas que están hechas de un material tan parecido al de uno que abrazarse resulta pegarse indeleblemente. Existen otras que cambian el rumbo de las cosas porque arrasan sorpresivamente con su presencia. Existen personas que vuelven livianos los días negros.

Uno se encuentra con los héroes, tan audaces y claros que parecen sacados de un cuento de ficción. Con los tímidos, que esconden secretos fascinantes. Con los locos, que nunca están buscando respuestas. Uno se encuentra con los apasionados, sintiendo el mundo a través del arte. 

Hay personas que llegan para arrancarnos partes de un “yo” desgastado y que ya no sirve de nada. Hay otras que aparecen para devolvernos los pedazos que se nos van olvidando que tenemos.

Hay personas. Tantas. Y todas nos moldean. Nos vacían. Nos funden y nos dan horma. Nos vuelven ceniza. Nos reviven. Todas nos hacen.

Los trenes

A veces me imagino que la vida funciona como una estación de trenes. Con el sonido de los rieles avisando una llegada. Con los relojes prediciendo la hora. Con la gente empacando sus sueños en una maleta. Si no estás en la puerta correcta, en el momento preciso, el vagón no te lleva; si regresas cansado y duermes durante el trayecto, quizás llegues a otro lugar. En cualquier caso, el tren nunca espera.

Así la vida: nos monta en vagones con destinos paradójicos, nos cierra la puerta del tren que creíamos indicado, nos obliga a dormir para saltarnos alguna llegada.

Decía Henry Miller que nuestro destino nunca es un lugar, sino una nueva forma de ver las cosas. Me gusta creer que tenía razón, que en esa estación de trenes que es la vida podemos perder el vagón, porque el destino siempre está a la merced de nuestros ojos y de cuando en cuando, la mirada nos agudiza la perspectiva.

Los vagones se llenan y se vuelven a vaciar. Las puertas se abren y se cierran. Los relojes se gastan los números una y otra vez. El tren se detiene y vuelve a andar. Pero la maleta donde los sueños están encerrados temporalmente, donde se deforman al antojo de unas medidas, donde se entrelazan con el champú y el jean; es la única cosa que no cambia al son de los vaivenes, del eco ensordecedor del ambiente. 

A veces me imagino que la vida funciona como una estación de trenes. Donde estamos expuestos a una obra de teatro con varias escenas y donde pareciera que hay un simulador del tiempo que lo hace girar más lento si estamos de afán, ir más rápido si necesitamos levedad. Pareciera que a veces, la vida está inversamente proporcional a todo.

¿De qué se trata el destino: de llegar o de andar?

No es subirnos al vagón lo que más relevancia tiene. Es que, en cualquier circunstancia, somos el tren. Inverso o recto.

Vas a tener razón

Vas a tener razón. Sé que vas a tener razón.
Cuando el ocaso se desvanezca por mi ventana.
Cuando después de las fiestas, no quede más que el olor a ceniza.
Cuando los domingos, las sábanas estén templadas.

Vas a tener razón.

Cuando a la cámara fotográfica le falte tu inspección.
Cuando la música pregunte por tu voz, sé que vas a tener razón.
Cuando las promesas no tengan por quién apostar.
Cuando el sonido del mar me recuerde lo infinito que es tu andar.
Cuando recuerde tu firme convicción.

Sé que vas a tener razón,

cuando sepa entender que la vida es mejor de a pares.

Le fallamos al amor

Nos quisimos con delicadeza, con nobleza, con romanticismo. Nos quisimos sin afanes, olvidándonos del dolor. Nos quisimos con sabor y nos saboreamos. Nos quisimos sin daños, ni prejuicios.

Nos quisimos con cada parte de nosotros y nos regalamos algunas que hoy todavía tenemos. Nos quisimos con gritos de alegría, con apatía para las discusiones, con ilusión para tomar café en las mañanas.

Nos quisimos con frío y con calor. En invierno y en primavera. Y nos abrazamos como si nuestros cuerpos hubieran creado la sintonía.

Nos quisimos en la gravedad de los asuntos y archivamos los errores en el cajón del olvido.

Nos quisimos siempre con las pupilas dilatadas y las sonrisas anestesiadas.
Nos quisimos con la fuerza del mar y la fluidez de las olas.

Nos quisimos juntando muchos ´de-a-poquito´, y después, después de todo eso, le fallamos al amor.

Conversaciones

Le hablo a mi yo feliz.

Que se sienta a mirar el mar ir y venir y se llena de gozo; que ve el futuro con ahínco y saborea al presente con lentitud.

Le hablo a mi yo feliz, para que recuerde que esta felicidad se formó tragando sal.

Le hablo a mi yo feliz, por si un día se le olvida que en ocasiones saltar al vacío es también firmeza.

Le hablo a mi yo feliz, que no alude a la nostalgia, a los clichés ni al insomnio.

Le hablo a mi yo feliz.

Que tararea los días como si fueran canciones.

Le hablo a mi yo feliz, para que su disco de la memoria no pase por alto que la indiferencia en asuntos esenciales, es simple cobardía.

Le hablo a mi yo feliz.

Por si se le ocurre huir, recuerde el camino en el que está ahora.

Cartas a Marte

Yo espero que en el olvido todavía funcione la telepatía; y entonces le lleguen estas emociones.

Estoy recordando las palmas de sus manos y también sus gafas y las mías. Además sus besos suaves y los míos bruscos. Estoy pensando en sus ojos claros y sus pupilas profundas y en las veces que analizaron las mías.

No sé si allá en Marte, donde quiero pensar que está, pueda leer mis letras y aunque la tinta se me acabó y la pluma aquella que me regaló se quebró; las ganas mediocres de escribirle, están intactas.

Hoy paseé por el Centro de la ciudad y me tomé un café.
Compré un libro que aún no leo.
Escuché la sinfonía 5 o 6, y me dieron lo mismo.
Recordé un febrero que nos volcó.
Y el viento me despeinó la risa en una moto vieja.

También caminé de su mano.
Simulé saber mucho de ópera.
Me desnudé y escribí, mientras conversaba con su imaginario.

En fin, estuve pensando que allá en Marte, a donde espero enviar su recuerdo,
allá sí cuenta con el coraje de vivirnos.