¡Me importa un pelo!

Un cuero cabelludo saludable contiene 100 mil cabellos.

El pelo dejó de ser la clave para distinguir el hombre de la mujer y se convirtió en un significado personal.

Para engañar las apariencias es útil. Para aparentar más o menos edad también. Para distinguirse en la oscuridad puede funcionar. Para el calor o el frío sirve. Y hasta por ahí dicen que amarra dioses. No sólo en el amor y en la guerra todo se vale: en el mundo del pelo también.

Para Alejandra el pelo significaba feminidad; para Claudia, una forma de expresión; para Vladimir, estar en contacto con su dios y para Ana Lucía, belleza.

De todas las superficialidades del ser humano, el pelo parece ser la menor. Ni Rapunzel ni Sansón son los únicos que se preocupaban por él.

 Cuidado con un martes, que puede ser 13

Le dijo a su mejor amigo que lo ayudara. Puso nueve dedos después de la frente y sacó un mechón de pelo. Sintió como su cabeza era rapada mientras él sostenía el mechón. El resultado: un cráneo calvo y una mini colita (llamada sika) en la coronilla.

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La sika no puede sobrepasar el cuello. La de Vladimir, sin el nudo mide unos 10 centímetros.

Vladimir Bedoya hace parte del movimiento Hare Krishna desde hace dos años y medio y hace uno se motiló como un bebé que apenas le está creciendo el pelo.

La sika significa renunciar a las modas y su ubicación pretende proteger el punto por donde, según Krishna, (el dios de este movimiento) el alma sale cuando el cuerpo muere.

Y como a la genética no se le puede huir, por más sika que sea, la de Vladimir es ondulada. Todos los días después de bañarse se hace un nudo que la ondula más, pero que para él ata su mente a Krishna. Su motilado es una renuncia a las modas pero para que Vladimir pueda estar “in” en su monasterio, se motila cada quince días. Por las mañanas porque es la hora ideal. Con máquina para que se vea mejor. Ningún martes ni tampoco un jueves porque no son días adecuados. Y pilas se lleva la sika por delante porque  queda como un soldado ¡y ahí sí ya no está renunciando a la moda sino que está haciendo parte de ella!

Rapunzel no es una princesa

Su lienzo preferido es su propio pelo. Ahí  expresa sus fantasías. Se lo pinta cada mes.  Se lo peinan cada mes. Cambia de apariencia cada mes. Se vuelve otra ‘Medusa’ cada mes.

La empezaron a llamar así por la apariencia de su pelo: un enredo de trenzas largas, un montón de cabellos sueltos semejantes a la diosa de la mitología griega.

Su pelo natural le llega a la mitad de la espalda, pero a Claudia le gusta muy largo desde que vio el cuadro ‘Las Tres Gracias’ de Botticelli. Desde hace dos años compra por el Éxito de San Antonio unos tubos que traen fibras sintéticas y va al Centro a una peluquería de negros para que se las pongan como extensiones y la peinen.

El peinado le dura casi siempre tres semanas en las que se lava el pelo tres veces y para hacerle honor a su apodo y parecerse a una medusa del mar, todas las noches se cubre su cabeza con un gorro para que no se le dañe su lienzo.

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 En un peinado se gasta dos tubos de extensiones. Cada uno le vale $5 mil pesos.      

Quedan ¡Al pelo!

Llegó de Bogotá a Medellín. La encargaron especialmente. Su color de pelo es castaño oscuro y está tejido manualmente. Se demoraron quince días en fabricarla. Es talla S. Vale $750 mil pesos.

Llegó bastante despelucada. Carolina le lava el pelo, se lo tiñe, después la motila, la peina y por último le pone una diadema de perlitas. Por fin está lista la peluca que alguna mujer por cáncer o alopecia encargó.

Sistemas Sarmiento es la empresa encargada de hacer pelucas con cabello natural. Llevan 30 años en Medellín y son los culpables de que los hombres puedan usar un bisoñé y les guarden su secreto.

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La diferencia más clara entre una peluca sintética y una natural es que la tintura no le pega a la primera.

Pero es el pelo el culpable para que Vladimir crea que el nudo lo amarra a su dios, para que Claudia duerma incómoda por sus peinados, para que Mariana de 22 años ya se preocupe porque no se le vea una de sus canas prematuras, para que Sebastián lleve 10 años sin motilarse, para que los calvos crean que el cepillo ‘Power grow comb’ les va a hacer crecer el pelo, para que Margarita se levante una hora antes a lavárselo, para que Laura se gaste $150 mil pesos mensuales en tinturas, o para que hayan viejitas que insisten en dejárselo morado. Para que haya tanto enredo es porque tiene que haber un pelo de por medio.

El cuarteto del sexo

Lorena conoce tanto su cuerpo que es capaz de sentir un orgasmo en un minuto, Andrea ni siquiera lo ha vivido, Andrés dice que es mejor el sexo con hombres y Anita no sabe con cuántos lo ha hecho. Cuatro maneras diferentes de vivir la sexualidad.

(Los nombres fueron cambiados a petición de las fuentes)

 Soy adicta al sexo

Era fin de semana, estaba en Bogotá. Nunca lo había hecho con una mujer, le ofrecieron hacer una orgía y aceptó. Se fueron para el apartamento de uno de los ellos, eran cuatro: una mujer y dos hombres.

Ese día se dio cuenta que una mujer lograba excitarla pero con un hombre sentía más. Se acostó un rato a descansar y vio que la caja de cien condones que habían comprado estaba casi vacía. Había sido una noche de las buenas.

A sus quince, conoció lo que es para ella la mejor sensación física: un orgasmo. Desde ese momento han pasado ocho años y por su cuerpo más de diez hombres. Ya perdió la cuenta y tampoco le interesa saberlo.
“Me puedo volver adicta al sexo y como cualquier adicción es mala pero ésta se convierte en algo denigrante y más para una mujer”, cuenta Lorena Hoyos.

Casi todos sus recuerdos sobre sexo están llenos de risas. Para ella es el 70% en una relación y a sus 18 años estuvo a punto de convertirse en ninfómana.

Conoció a un hombre que le encantó. Intercambiaron teléfonos y a los quince días, Lorena ya tenía en su lista a uno más.  Sus pensamientos hacia él, siempre terminaban en sexo.

Se lo imaginaba desnudo en su cama y buscaba la manera de hacerlo realidad.

Por las noches no era capaz de dormir y a las cinco de la mañana ya estaba vestida (con ropa de gimnasio porque le decía a su mamá que iba a hacer deporte). Se iba para el apartamento de él, que vivía solo, y lo despertaba con una única razón: tener sexo. Poco o nada le importaba algo más.

Lo hacían ocho veces al día, todos los días y en cualquier lugar. Para ella, no había sitio malo.

Una noche lo hicieron por la Superior. Y justo cuando Lorena estaba perdida en las sensaciones, con los ojos idos por el placer alcanzó a ver a un policía tocándole la ventana. Ni se inmutó, siguió hasta que quiso… Hasta hoy.

“No consentirás pensamientos ni deseos impuros”

 Son las 9 p.m., suena la alarma avisando que ya es hora. Tómesela. Tiene que ser puntual y juiciosa porque sino…

Andrea Jaramillo saca de su billetera las pastillas y se toma una.

Ya no recuerda cuándo fue la primera vez que lo hizo, fue hace más de seis años cuando todavía pensaba en llegar virgen al matrimonio.

Hoy se las sigue tomando. Tiene 21 años, lleva cuatro con su novio. Todavía existe la posibilidad de que su primera vez sea en la luna de miel: es virgen.

Hace poco estuvo donde una psicóloga para que la ayudara con su problema: tiene un bloqueo mental. Cada que empieza con el famoso juego de la seducción, pre-coito, siente que va a quedar en embarazo.

E-m-b-a-r-a-z-a-d-a. Esas diez letras empiezan a trabajar su cerebro y la frenan. No es capaz de hacer nada; se pone fría, se pasma, se escandaliza y ve cómo su mente se desconecta y sale corriendo.

Su cuerpo sigue ahí, en la cama. Sin camisa, sin top. Su mente está en París, la ciudad donde se quiere ir a estudiar y que con un “muchachito a bordo” como dice ella, no podría.

A veces prefiere pensar como antes pero cree que la presión social la modificó. “Tampoco soy de palo, yo siento y creo que el sexo es el punto máximo de una relación después de pasar por muchas etapas y yo ya pasé por todas”, dice Andrea.

Pero pese a todo, sigue cumpliendo el sexto mandamiento de la religión católica: No cometerás actos impuros.

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“Les prometo que soy heterosexual”

Se bajó los pantalones y dejó que su amigo lo tocara. No se sintió raro ni mal. Pero tampoco bien. Apenas tenía diez años, estaba en cuarto de primaria y lo único que le preocupaba es que en un mes hacía la Primera Comunión y le tendría que confesar al padre que él, siendo hombre, se había dejado tocar por otro hombre.

Lo aterrorizaba el hecho de tener que decirle sus “pecados” al padre, que de pronto él se los contara a su mamá o, peor aún, a su papá y que su vida se convirtiera en un escándalo de colegio.

Entonces decidió cometer otro pecado: no confesar lo que había hecho.

Ése es el primer recuerdo que tiene Andrés Fajardo de sexo y de eso ya han pasado once años. Es alto, delgado, tiene ojos grandes, pestañas largas y boca gruesa. El pelo lo usa medio largo, al estilo Bon Jovi en los 90.

Perdió la virginidad cuando tenía trece años con una prima. “Pues, si a eso se le puede decir perder la virginidad, pero sí fue mi primer contacto con una vieja” dice Andrés con su acento medio rolo.

Después de ese día, su vida sexual se aceleró. Le gustó hacerlo con una mujer, pero le atraía la idea de conocer un hombre desnudo que no fuera él y entonces lo hizo con un primo y lo disfrutó durante un año.

De ahí nunca paró. Lo hacía con mujeres y hombres; en baños públicos, discotecas, en la universidad, en su casa, en el carro. Se metió muchas veces a “manhunt.net” una página para conseguir citas a ciegas y tenía sexo esporádico con ellos.

Con mujeres siempre usó condón pero confiesa que lo hizo por ellas. “Las mujeres sexualmente son más responsables, si me sacan el condón yo me lo pongo”, cuenta Andrés.

Pero con hombres, nunca utilizó. Desde que está con Carlos, su novio, hace dos años y medio, no sabe qué es uno.

“Sé que tengo que ser consciente. Hace poco me salieron unas ampollas blancas en el ano y me dijeron que podía ser el virus del Papiloma Humano. Uno siempre piensa que las enfermedades son para los otros y por eso he sido tan promiscuo”, dice Andrés no muy preocupado.

Para él, el sexo no es algo trascendental y por eso lo ha tenido cada que le ha provocado. En la lista de su memoria cuenta diez mujeres y casi 50 hombres que han pasado por su cama, o mejor por su cuerpo.

“¿Que si todo el mundo sabe? Todos los que me rodean, excepto mi papá. Hasta mi mamá sabe pero se hace la boba… Ella siempre me dice: consígase una vieja que en algún momento le vuelven a gustar”.

Andrés se siente bisexual, pero hace dos años y medio no está con una mujer. El día que su mamá se dio cuenta estaba llegando a EAFIT, donde estudia, cuando le sonó su celular. A ése, sólo lo llama su novio y cuando vio el número de su mamá se dio cuenta que había dejado el otro en su casa y que lo peor o ¿lo mejor? Había pasado.

Su mamá había visto los mensajes que le mandaban amigos, amantes, conocidos, desconocidos y novios a Andrés sobre sus aventuras…

“Mami, eso es viejo. Yo estaba desubicado, en un momento de confusión. No te preocupes, les prometo que yo soy heterosexual”, dijo Andrés y colgó. Hubo un silencio y entonces Andrés supo que ya todo había pasado. Había salido de ese “clóset” absurdo en el que él mismo se había encerrado.

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Un, dos, tres: grabando

Talla de brassier: 38 ó 40. Los manda a traer de Estados Unidos y tienen que ser de Victoria’s secret. Son operadas.

Mide 1,75. Tiene el pelo negro y largo. Es morena con ojos café claros. Habla pasito y siempre con la mirada fija. Tiene 20 años y hace dos es actriz porno. Ella es Ana Milena Toro.

No le gusta hablar de su infancia. Cuando se menciona esa palabra los ojos se le aguan. Nació un 16 de marzo y desde los siete años estuvo en el internado Elvira Bahena.

Fueron los peores cuatro años de su vida y quizás el maltrato psicológico que sufrió allí por parte de las monjas la llevó a  escaparse y ser lo que hoy es: una mujer sin ningún prejuicio, sensible y ambiciosa.

Su mamá nunca pudo hacerse cargo de ella porque la esquizofrenia severa que sufre se lo impidió. Ana Milena vive sola desde que tiene 16 años.

Su primer video porno lo hizo con su mejor amiga y desde entonces se metió en la industria. “Solamente he hecho uno con un hombre, en los otros soy yo sola”, dice Anita.

Tampoco lo hace por plata, porque su esposo le da todo. “Lo hago porque cuando estoy frente a una cámara soy yo, porque me siento admirada y porque disfruto del sexo”.

Por eso graba escenas cada dos meses en Cali, porque así encuentra magia. Ahí está la diferencia entre una prostituta y ella, dice.

Perdió su virginidad a los 15 años y nunca ha querido hacer la cuenta de los hombres que han pasado por ella.

“Yo podía tener sexo todos los días, con tres hombres diferentes. Multiplica eso por un mes, ¡Uy no!”, dice Anita riéndose.

No se juzga por eso, así quiso vivir el sexo y hoy lo quiere vivir con videos. Como lo expresa ella: “Cualquier persona que tenga un ideal vale la pena”.

Jimy no ve pero tampoco es ciego

Coge el cuchillo, lo ladea, lo afila. Lo clava por la oreja derecha, luego por la izquierda. Voltea la cabeza y la abre por la mandíbula. En menos de dos minutos, desaparecen pedazos de carne y la cabeza de cerdo queda en hueso.

Jaime Ramírez es carnicero. Tenía diez años cuando aprendió sobre el oficio acompañando a su papá todos los días. Hoy tiene 36 y maneja los cuchillos como si fueran sus propias manos; con rapidez y destreza. Los coge con firmeza y los entierra en la carne sin miedo a pesar de no ver nada de lo que hace; quedó ciego cuando tenía veinte años.

¡Ciegooo, pilas con las cajas! ¡Jimy, que a cuánto vende la cabeza! ¡Oiga, usted es que no ve! Cuando el “Ciego”, “el Gago”, “Jimy” o Jaime llega a La Minorista las charlas son constantes y él las disfruta.

Jaime camina moviendo su bastón, de ciento veinte centímetros, de un lado para otro. Cuando siente que éste se choca con algo, se detiene y dice ¡pilas pues los piso! Ingresa por la entrada principal de La Minorista, pasa por la cafetería Qué ricura y saluda: doña Gloriaaa, ¿cómo está?

-¡Qué más Jimy!-

Sigue moviendo su bastón y saludando a quienes va reconociendo por su voz. Entra a la sección de carnicerías y hace un recorrido por cada una de ellas.

¡Buenos días, ¿me va a pagar hoy pues?! Veinte, treinta, cuarenta, y cinco, y dos y ocho. Cuarenta y ocho y no pida más que quedé pelado. A medida que Jaime recibe los billetes los toca por la mitad y escucha atentamente los números que le dicen.

La verdad no reconozco mucho la plata, confío en las personas y pues por lógica sé que si me dan mil pesos pueden haber dos opciones: un billete o varias monedas.

¡A la orrrden, la carne fresca! Caballero, señorita, ¿qué buscaba? ¡La última cena de la rata, veneno de ratas, a mil, a mil, a mil! En la sección de carnicerías hay vendedores de venenos de ratas, de cobijas, carretilleros y hasta mensajeros en bicicletas. ¡La carrrrne fresca! Caballero ¿cómo la buscaba?

El piso está cubierto de sangre seca que cae de los cerdos muertos colgados del techo de los locales. El olor a crudo, a mortecina, a marrano muerto. La variedad de carnes exhibidas: solomo, copete, pierna, chuleta, cadera, sobre barriga. Los chorizos colgando, las tripas de algún cerdo sobre una bandeja sin refrigerar, los baldes llenos de agua mezclada con jabón y sangre, el calor insoportable y un montón de luces de neón, hacen de la sección de carnicerías un lugar donde los sentidos se agudizan tanto que cada vez, se van sintiendo menos. Lo que se oye, aturde; lo que se huele, marea y lo que se ve, comienza a desdibujarse.

Jimy se acostumbró tanto a los olores que cuando respira en la carnicería nota el aire igual al de cualquier lugar. La carne la siente su nariz desde pequeño. Cuando quedó ciego, desarrolló sus oídos mucho más y los ruidos fuertes le estorban ocasionalmente. Sus ojos ya no ven, pero su imaginación permanece intacta. Todavía recuerda casi todo lo que conoció.

Era 22 de septiembre de 1995, Jaime estaba en el sector de El Estadio cuando le dispararon. Cuatro balas le entraron por los ojos y le salieron por detrás de la cabeza. Dos en cada uno.

Me tiraron fue a matar, pero uno todo en la vida se lo gana. Yo andaba por el camino equivocado. ¿Que si me importó? No, qué va, yo no le di importancia a la ceguera. Todo está en la mente.

Carnes Toledo es la carnicería donde trabaja Jaime. Un local pequeño, con un refrigerador lleno de carnes crudas y tres básculas que las pesan. Ana es la cajera, “el Negro” es el encargado de dejar impecable el vidrio del refrigerador. El resto del personal lo forman Jorge, Mario y Jimy; los carniceros.

A las cuatro de la mañana le llega la mercancía a Jimy que tarda en arreglar hasta las cinco y media. Encima de su camisa del Once Caldas y su pantaloneta blanca, se pone un delantal del mismo color, se lava manos y brazos con jabón dos veces. Se pone un guante especial en la mano izquierda que amarra con un caucho, coge el cuchillo en la derecha y el afilador en la izquierda, lo afila tres o cuatro veces y empieza la labor.

Parado al frente de un poyo de aluminio, con el cuchillo y el afilador en sus manos, coge una cabeza, la toca y cuando siente la punta de la boca desliza su mano hacia arriba y clava el cuchillo haciendo un hueco por la oreja izquierda. Voltea la cabeza, otro hueco por la oreja derecha. Vuelve a voltearla, coge la mandíbula y la abre. Los sesos quedan al descubierto, Jimy los coge y los tira a un lado.

Vuelve a buscar la cabeza moviendo las manos por el aire, la encuentra, la coge y empieza a despedazarla hasta dejarla en hueso. Estira los pedazos de carne y lanza un cuchillazo. Estira otro pedazo de carne y otro cuchillazo. Sin vacilación, rápido y sin dolor. Tiempo récord: dos minutos por cabeza. Cabezas de cerdo arregladas en una hora: 30. En una semana: 900.

Durante este tiempo, Jimy se concentra mucho. Mantiene su cabeza inclinada hacia abajo como si pudiera ver lo que hace, como si sus ojos fueran la guía para no cortarse o no hacer un hueco donde no es. Tiene que ser milimétrico, no puede equivocarse, tiene que ser perfecto.

Cuando veía era más rápido, ufff, el doble. Pero uno va conociendo las cabezas, esto tiene que ser muy exacto porque sino, se lleva el dedo.

Nunca se ha cortado. Se ríe y dice que más fácil lo cortan sus compañeros de trabajo que él.

¿Que si es como si cerrara los ojos? ¡No hombre! Usted con los ojos cerrados tiene luz todavía. Ser ciego es ver todo negro. Es como si te pusieras dos parches y encima dos vendas negras, muy apretadas.

Jimy no cree en Dios, dice que está ciego porque la vida no se queda con nada y todo lo que pasa es un previo aviso.

Si yo no hubiera quedado ciego, quién sabe hoy dónde estaría. Por eso no me importó perder la visión, seguí mi vida.

Jimy vive con su mujer y sus seis hijos: Adriana Yanet, Valentina, Isabela, Eliana, Sebastián y Joan Sebastián. La mayor tiene los años que lleva ciego, quince, y el menor tiene seis. No conoce a ninguno y es lo único que extraña de no poder ver.

No crea, de vez en cuando me hace falta ver mujeres pero lo que realmente extraño es poder conocer a mis hijos.

Habla con frescura, no se detiene a pensar en lo que dice. Sus ojos hundidos y grisáceos no se ven mucho. Escucha atento todo lo que pasa a su alrededor y dirige su mirada a las personas que le hablan como si pudiera ver.

Después de arreglar las cabezas, pasa por la cafetería de doña Gloria y pide un café con leche. Busca un frasco con sus manos y con sólo acercarlo un poco sabe qué es. Coge el de azúcar, lo abre, sirve un poco en una cuchara, calcula cuánto hay moviéndola con sus manos, coge otro tanto, la toca con sus dedos y la echa al café.

Hay días en los que Jimy trabaja desde las cuatro de la mañana. Hay otros, en los que llega a La Minorista a las nueve y media. Se baja del bus y desdobla su bastón, comienza a moverlo de lado a lado. Grita saludando cuando siente alguna voz conocida, se ríe, sigue caminando. ¡Pilas pues los piso!

Camina con pasos ágiles, marca parada cuando llega a una esquina y dice que reconoce todo por las distancias, por la cantidad de pasos que da desde un lugar a otro; así hasta llegar a su trabajo. En medio de cuchillazos, gritos, ventas ambulantes, carretillas llenas de carne, luces de neón, refrigeradores, chorizos, de más y más carne, Jimy siempre está pendiente de su celular. Con el brazo salpicado de sangre y sin terminar su labor, contesta.

Diga… sí, quiubo… a mil cien… bueno, déjelas a mil, usted es el que manda… Yo termino aquí y salgo para allá… que esté bien.

Su móvil tiene un programa especial para ciegos, donde las teclas que digita se las va repitiendo un altavoz pero Jimy tiene que saber la ubicación de éstas para poder grabar teléfonos y nombres. Guarda su celular en el bolsillo del delantal y vuelve a la misma concentración de antes, vuelve a ser el ciego que ve con su imaginación.

En su brazos tiene dos marcas que cada que le preguntan por ellas le recuerdan su pasado; su brazo derecho está tatuado con “Eaco” (el justo del infierno) y en el izquierdo dice Poison (veneno).

Todo en la vida es bueno. El malo es uno. Yo me hice estos tatuajes cuando pensaba diferente, pero si quiera ya no puedo verlos, dice riéndose mientras se los toca.

-Ciego, ¿cuántas cabezas le faltan?-

-Vamos terminando,  vamos terminando-

Después de tener todas las cabezas en hueso, coge los sesos y todos los pedazos de carne que les sacó y empieza a picarlos. Afila el cuchillo y de nuevo, estira la carne, cuchillazo, estira, cuchillazo… Diez minutos más y los restos quedan picados.

A diferencia de otros carniceros, Jimy no usa ni gorra, ni botas plásticas, ni pantalón. Los reemplaza por bluyín o pantalonetas, por unos Converse de cuadros con medias largas y camisetas de fútbol. Tiene más de setenta en su clóset, las reconoce por la textura de la tela. Tiene muchas autografiadas por jugadores, por ejemplo la del Once Caldas tiene la firma de Galván.

Y es que a  Jimy le gusta mucho el fútbol, es hincha del DIM y suele ir al estadio a verlo jugar. Tiene preferencia por ser ciego, lo dejan entrar a la pista. También juega fútbol, todos los domingos. Gracias al equipo de fútbol de ciegos ha conocido Brasil y Argentina. Dice que pudo ver estos países porque su imaginación y el poder de su mente ven más que dos ojos con luz.

Y es esa misma imaginación la que le recuerda que -para él- una mujer con capul y pelo suelto no se ve tan linda como cuando se lo coge. La que le recuerda los colores, los cuchillos y hasta cómo se baila Salsa. Todavía lo hace, le gusta  y siente que  lo hace bien y aunque no trasnocha, de vez en cuando se va a un barcito por la 70 a echarse una bailadita.

Mueve los pies, la cintura y las manos como su mente recuerda que lo hacían antes. Y así se va bailando la vida este hombre alegre, positivo, con un carisma que desborda ganas. Porque conocer a Jimy es darse cuenta que aunque no ve, tampoco es ciego: sabe que si él no le pone visión a su imaginación, no sólo dejaría de recordar el mundo como es sino que estaría ciego.