Medellín

Opinión

El sonido de unos pasos detrás.
El timbre del celular.
El afán del día a día.
La calle. El ruido.
La mirada incinerante de un joven hambriento.
Los pies descalzos de un niño que juega con una lata de gaseosa —vacía—.
Las manos desgastadas de una señora que piden a abrazos, un abrigo.
La sonrisa cansada del músico que intenta mantener equilibrio en el bus para ecualizar el viaje.
El sonido de las monedas ya oxidadas del que vende tinto.
La risa melancólica de un malabarista que se quema por dentro.
El llanto de un bebé. La contaminación en el aire.

La ciudad que nos hizo, que nos hace.
Las emociones que nos desgarran, que al final nos cosen.
La ciudad que baila al compás de la esperanza.

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