El invento

 

Estas letras que van a continuación, son producto de mi inspiración pero no de mi experiencia. Esta es la primera vez que escribo por una vivencia ajena, que aunque tiene matices con los que me identifiqué, no es mi cuerpo el que está sintiendo. Por esa razón, me excuso si doy un juicio atrevido y también por esa razón, agradezco que conversaras tan naturalmente conmigo.

Las dos sabíamos quiénes éramos por un hombre en común. Yo siempre quise conocerla. Ella leyó algunas de mis historias y yo me atreví a hablarle un día. Gracias Carlota por la inspiración.

Nunca fuiste mi tipo. Y con eso quiero decir que sí fuiste mi hombre, pero no mi talla.
Nunca fuiste todo eso que yo anhelaba, ni todo lo que a veces, por las noches, imaginaba que existía. Nunca. Ni siquiera en nuestros mejores días, ni siquiera en nuestro mejor recuerdo.
Qué más daba, siempre me gustaron las camisas grandes y los zapatos flojos. Y ahí estabas, sin ser mi talla pero acomodándote por todos lados.

Fuiste mi hombre porque te encargaste de que las mañanas olieran mejor, de que la música se escuchara más nítida, los sonidos encajaran con el pulso que marcaba mi muñeca, la piel se me dibujara con punticos. Fuiste mi hombre porque vos, te encargaste de que hasta la G de tu nombre, me gustara. Fuiste el culpable de que cada detalle tuviera la sutileza indicada para revolcar mis piezas y formar una nueva talla.

Y entonces me detengo y pregunto: ¿de quién estoy hablando? ¿A quién estoy recordando? ¿A quién estoy evocando?
Por supuesto, a vos no es.
Vos ni siquiera le tocás las piernas a esas letras. Ni siquiera alcanzás a llegar a la F de fuiste; porque por más que corrás para cogerla siempre terminás cayéndote en el camino. Ése mismo por el que me tumbaste a mí las veces que te dio la gana. Si acaso tenés una F, es la de final.

Fuiste mi hombre cuando sin ser mi tipo entraste por la noche y sin mi permiso, te robaste mi corazón. Qué más daba que no fueras mi tipo, si siempre me gustaron los combinados extraños. Si lo que te faltaba para ser mi tipo, te sobraba siendo mi hombre. Si la ropa que no era de mi talla siempre fue mi elección, ¿por qué no ibas a ser vos?

Y entonces, te adherí a mí. Me perdí en vos. Te colgué en un gancho y te guardé en mi ropero. Te doblé y te puse encima de mis camisas preferidas. Te lavé y te planché. Te eché perfume y te abracé. Te convertí en mi tallaje preferido.
Ya qué importaba si eras o no mi tipo, al menos en mi desorden cupiste bien.

Pero todo lo forzado termina por romperse. Pasaste de ser mi camisa preferida a ser una que nunca compraría. De repente, ya no olías a la esencia que yo reconocía sino a suciedad. Y te esforzaste de la misma manera -casi- con la que me conquistaste, en mostrar lo que eras. En repetirme no sé qué número de veces que “me bajara de la nube”. En reírte de las locuras que hice como intento fallido para recuperarnos, para volver a tener esa talla cómoda que se ajustó a mí.

Te esforzaste tan bien por demostrarme que no eras ni mi tipo, ni mi hombre, ni mi talla que supiste convencerme:

nunca fuiste. Y con eso quiero decir que fuiste mi mejor invento.

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