¿Pray for Venezuela?

Durante un viaje de Manizales a Salento, hablé con el conductor de la buseta en la que iba. Era colombiano, pero había vivido 10 años en Venezuela. También en México, Estados Unidos y Puerto Rico. De todos los países, por sentimientos escogía Colombia; por calidad de vida, Venezuela.

Al notar mi cara de sorpresa, me dijo: ¿usted es uribista o santista?
-Ninguna de las dos, le dije.
-Pero sí es anti-chavista, supongo.
-Tampoco es de mi admiración.

Después de hablar un poco del clima, la carretera y la música (que me dejó poner a mí); Armando supo que en un mes me graduaba como periodista. Entonces, me dio uno de los consejos más memorables: cuando esté escribiendo, sepa decir las cosas. Diga lo que quiera, pero por un camino que no corte a otros.

Seguramente me lo dijo porque sabía que me iba a confesar algo que estaba fuera de mi alcance racional: Todo lo que fui, tuve y viví en Venezuela se lo debo a Chávez. En colombia era pobre, muy pobre y cuando llegué al país vecino supe qué era tener una huerta con dos mil pollos para vender y poder traer el sustento a mi casa. Con el tiempo, pude vivir dignamente.

-¿No me cree cierto?- me preguntó.
-Sí, sí le creo pero no deja de parecerme fachada.
-¿Por qué? No se preocupe que mi interés no es que deje estas montañitas…

Y tenía razón. Dudaba mucho de lo que me decía, porque dudaba del sistema político que Chávez -o los medios de comunicación- nos habían mostrado de Venezuela, porque dudaba de su bondad, de su discurso, de sus ganas de quedarse en el poder durante tanto tiempo… Dudaba, básicamente, por la incoherencia pero la seguridad a la hora de hablar: un tipo que nunca le temblaba la voz, que siempre hablaba de libertad con tintes armamentistas y que además, censuraba la prensa. Un “líder” así, jamás me va a dar confianza.

Me dijo después, que lo que mostraban los medios de comunicación de casi todo el mundo eran mitades muy parcializadas, donde el expresidente Hugo Chávez quedaba como el monstruo que quería derrumbar a Venezuela y que para él (Armando) la realidad estaba muy lejana a ese punto de vista: “A Chávez lo queremos y lo queremos mucho porque nos ha hecho vivir bien, porque se preocupa por el pueblo, no por los ricos”.

“Vivir bien pero sin educación. Claro, sólo así un dictador de la clase de Chávez pudo mantener feliz a su pueblo”, pensé yo.

Pero Armando, además de ser un hombre que conoce todo sur américa y mucha parte de Europa (me mostró fotos de sus viajes) me pareció un señor bastante culto, o al menos lo suficiente para que mi hipótesis sobre la falta de educación, se cayera.

Sin embargo, un presidente que censure, que expulse a personas de su país porque no están de acuerdo con él, que su política tenga como fundamento “el que no está conmigo, está contra mí” y que -aunque parezca superficial- se vista de militar; a mí manera de ver, jamás será un buen líder o al menos no uno demócrata, pacífico y conciliador.

Y aunque me impresionó el relato de Armando, ver sus ojos llenos de credibilidad y lealtad por Chávez, mi opinión sobre él varió pero no cambió. Varió porque me permitió sentir que muchas veces nos creemos los dueños de la verdad, sin conocer la mirada del otro. No cambió porque estoy completamente convencida de que tenemos todo el derecho a defender nuestras opiniones sin tener que recurrir a derrumbar la del otro. Bien lo decía Voltaire: “No estoy de acuerdo con lo que dices, pero defenderé con mi vida tu derecho a expresarlo”.

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A raíz de la fuerte crisis que se vive en Venezuela, me acordé de esta anécdota y del gran consejo que me dejó este colombo-venezolano. Leer el periódico, las redes sociales, ver las impactantes imágenes de Leopoldo López despidiéndose de su esposa para entregarse a las autoridades me hace aplaudir a los que han apoyado a Venezuela. Me hace pensar que ante todo, la solidaridad entre seres humanos regala esperanza y fortalece; pero también me hace escribir sobre el respeto por la subjetividad.

He leído insultos -tanto de los seguidores de Maduro como los de López- porque no están con ellos. Ése no es el camino. El camino es el respeto por la opinión del otro. ¿Qué ganan los seguidores de López, insultando a Maduro? Más guerra. Más intolerancia. Más violencia. Irónico que el hashtag más famoso de esta crisis sea #PrayForVenezuela cuando el camino que muchos encuentran para expresarse sea el violento.

Jamás hay que olvidar que la subjetividad es tan grande que la oposición en Colombia generalmente es llamada izquierda y López en Venezuela representa la derecha. Y así sucede con las opiniones: pueden ser tan opuestas a las suyas que le parezcan descabelladas y al que está al otro lado suyo, le pase lo mismo.

Si usted como colombiano quiere apoyar a Leopoldo López y su causa; hágalo con respeto. Con mayor razón, si usted apoya el hashtag #PrayForVenezuela, argumente sin cianuro en sus palabras. Con mayor razón, si usted es colombiano y le duele Venezuela porque siente que Colombia va por ese camino; no se iguale a él. Con mayor razón, si usted es colombiano pero nunca ha vivido en Venezuela; opine con prudencia. Con mayor razón, si usted es colombiano y repudia la censura que actualmente se está viviendo en Venezuela; no censure a los otros por medio de insultos que lo obligan a callarse. Con mayor razón, si usted es colombiano y le duele ver a los 125 presos que están siendo torturados; no sea preso de la violencia verbal. Con mayor razón, si usted es colombiano y quiere tener solidaridad con Venezuela; sea solidario con sus propios ciudadanos.

Si usted es colombiano, siga el consejo de Armando que también fue venezolano: diga lo que quiera, pero por un camino que no corte a otros.

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