Las ruinas de Pablo Escobar

Cuando Pablo Escobar se murió, yo estaba a punto de cumplir cuatro años. Cuando supe quién había sido, tal vez unos 12.

Eso fue porque vi un libro y le pregunté a mi papá si ese  ídolo tan aclamado por las tribunas coloreadas de verde y blanco, si ese Andrés Escobar era familiar del tal Pablo.

A mí, como a muchos extranjeros, en un principio Escobar –el “malo”- me pareció un tipo bueno. Uno que quiso erradicar la pobreza de un país que ha aparecido entre los más felices, seguramente porque es la utopía que más buscamos. Uno que se hizo rico por el afán de darle a su mamá todo lo que ella merecía. Uno que muy probablemente quiso ver a una Colombia más justa. Uno que, sobre todas las cosas, amaba profundamente a los suyos.

¿Qué de malo podía ver yo ahí? Un hombre, con sueños, como cualquier otro.

Después, a raíz de que mi hermano menor se interesó mucho por la historia de uno de los narcotraficantes más poderosos del mundo supe un poco más sobre la otra cara de la moneda. Ésa donde el poder desconfiguró la conciencia de Escobar. Ésa donde la pasión por sentirse el dios de Colombia y el mundo, lo llevó a ser –para mí- un paciente tan complejo que Nietzsche hubiera estado dichoso. Ésa que borró y omitió la otra cara y ésa misma que fusila el famoso “…pero es que también hizo muchas cosas buenas” de los que visitan nuestro país.

Con ésa última, la moneda ya no tiene dos caras. No es posible verla. La mala es tan perversa que funde y derrite a la buena y entonces, para mí Escobar sólo puede tener una cara: la in-analizable.

Muchos  historiadores,  psicoanalistas,  sociólogos,  politólogos, economistas, periodistas, gente de la calle, su primo y su propio hijo han tratado de explicar cada una de sus acciones. Han tratado de reconstruir su configuración mental para que, al menos, a los que quedamos después de él nos quede claro cómo se logra ser un Leviatán.

¿Qué fue entonces lo que nos dejó ese señor? ¿Narcotráfico? ¿Guerra? ¿Pobreza? ¿Drogadicción? ¿Corrupción? ¿Dolor? ¿Rencor? ¿Estigmatización? ¿Miedo? Sí. Todo lo que le llegue a la cabeza a raíz del drama que vivió Colombia en los 90. Pero ésas no son las verdaderas ruinas de Pablo. Las verdaderas ruinas de este señor se resumen en la des-humanización.

Haber hecho de Colombia un país donde la solución para verbos tan opuestos como salvarse y generar miedo era la misma: silenciar, haber logrado poner de su lado a gente buena y transformarla, haber invadido de miedo toda una sociedad, haberla pintado de rojo, haber detenido el tiempo de muchos; eso en otras palabras es haber des-humanizado: robarle el corazón a la sociedad, convertirlo en una pistola que disparara a su antojo, mancharlo de rencor y dolor, creer que el mal tenía que reinar.

La peor parte de la des-humanización que nos dejó sigue siendo justificar el horror, el desangre, la vida misma de un país entero con la intención de querer hacer las cosas bien pero terminar haciéndolas mal. Ese famoso dicho de que “la intención es lo que vale” es lo que nos sigue des-humanizando. Recordemos que Escobar tuvo buenas intenciones y sin embargo, las arrugó, las tiró al basurero del olvido y con esas mismas creó las malas para destrozar todo lo que no funcionara a su antojo.

Y por eso, las ruinas de Pablo Escobar se resumen en su corazón. Él nos dejó su corazón y está tan vivo que 20 años después las noticias informativas parecieran confundirse con homenajes de idolatría. Está tan latente que no hemos podido lograr que los jóvenes sin educación aspiren a una universidad sino que el camino más fácil es prender el televisor y ver la historia de “El Patrón del Mal” para  saber por dónde arrancar. Está tan latente el corazón que nos dejó moldeado a su antojo, que tristemente vivimos en una cultura donde un autogol define si –como lo dijo algún día ese ícono- “la vida no termina acá”.

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