“Érase una vez el amor pero tuve que matarlo” (Efraím Medina)

(Nietszche soñó tanto con encontrar un amor que los elevara -a él y a su pareja- al punto de superarse como humanos, que al no encontrarlo DECIDIÓ aislarse de la sociedad).

Voy a ser valiente y voy a hablar del amor.

Voy a atreverme a hablar sobre lo que tanto pienso. Voy a atreverme a hablar sobre lo que -para mí- le da un valor agregado a todo, una vibración diferente.

Tengo muchas amigas y algunos amigos que no creen en el amor. Tuve un profesor -ojalá sepa que es él- que se reía de mí cuando le hablaba del tema. No creen, precisamente porque creyeron alguna vez en él y sus expectativas chocaron tanto con la realidad que dejaron de hacerlo.

A mí se me ha desgarrado el corazón hasta el punto de sentirme congelada. Puesta ahí en el mundo, caminando por inercia, respirando mecánicamente. Llorando para reemplazar las palabras.

Los que menos creen, los que se irán en contra de lo que están leyendo, serán probablemente los más heridos. O incluso, los más soñadores. A los primeros, yo los llamo muertos; a los segundos, momias.

Los muertos son esos que mataron el amor, le echaron tierra y quedó hecho huesos. Pero está el fantasma que los persigue, diciéndoles que quizás el ataúd ya se puede abrir, que quizás esa tierra ya no pesa tanto y esos huesos pueden caminar. Pero entonces, ellos vuelven a recordar el peso de la tierra, del ataúd, de los huesos y prefieren dejar todo intacto.

De ese grupo hice parte algún tiempo y como uno está muerto no le importa nada. Si el cielo está azul oscuro o clarito, si amaneció o anocheció, si llovió o hizo sol. Se vuelve escéptico en todo sentido y se ríe de los que todavía creen. Uno empieza a endurecerse tanto que pierde la sensibilidad simple, pierde la emoción del corazón y entonces: se muere.

Esos muertos son los que deciden nunca volver a creer. Son los que deciden reemplazar al amor por otras pasiones. Son los que deciden hacerse compañía con otros muertos -sabiendo que como ninguno cree, la soledad es la decisión final-.

Pero hay otros muertos a los que el fantasma nunca los deja en paz, a los que la tierra comienza a pesarle menos, a los que los huesos les empiezan a doler, a los que el ataúd les estorba. Hay otros muertos que después de un tiempo se sacuden, quiebran el cemento que ellos mismos habían construido y empiezan poco a poco a despertar. Deciden envolverse en una telita más suave -que aún los protege- pero procuran que tenga varias vueltas: así están lejos de los muertos pero también de los vivos.

Ellos, los que deciden sacudirse la tierra, yo los llamo momias. Están cubiertos pero no congelados. Son agnósticos pero no escépticos. Están débiles pero no muertos. Las momias se parecen a los muertos porque todavía niegan el amor. Les da miedo porque apenas están saliendo del mundo muerto. Pero se asemejan a los vivos porque en el fondo, sueñan, esperan, imaginan y dibujan esa emoción que alguna vez los hizo pensar que la magia se parecía mucho a un par de ojos.

La tela en la que se envuelven las momias, oculta al vivo que está adentro. Y así como los muertos, hay momias que deciden quedarse tapadas por la soledad. Hay momias que deciden tenerle miedo a los vivos porque saben que las pueden volver a matar. Esa es la mayor característica de las momias: el miedo. Miedo a revivir, miedo a sentir, miedo a quebrarse, miedo a desenvolverse, miedo a mostrar, miedo a quitar la tela y que todavía la herida esté en carne viva, miedo a volver a morir pero también a volver a vivir.

Algunas de esas momias deciden vencer el miedo y entonces, reviven.

Eso, escuetamente, es el amor: una decisión. Por eso existen tantas clases. Por eso fracasan muchos. Por eso otros duran. Los que fracasan es porque la combinación de las decisiones está por caminos distintos, los que duran porque están caminando juntas. Por eso hay tantas combinaciones: porque hay muertos que deciden matar a vivos y vivos que se dejan, hay muertos que se siguen matando, momias que se juntan con vivos y éstos las reviven, vivos que se reviven diariamente, vivos que se matan, momias que se quedan en el limbo, vivos que luchan por revivir muertos, momias que se reviven juntas.

Hay personas que deciden el sufrimiento como manera de amar. Hay otros que deciden la deslealtad. Existen los que deciden el perdón por encima de cualquier daño. Para cada quien, hay una decisión de amor: lealtad, egoísmo, calidad, cantidad, engaño, sinceridad, egolatría, complicidad, alegría, tristeza, amistad, construcción, destrucción, competencia, obsesión, cariño, luz, oscuridad, exactitud, recuerdos, costumbre, apariencia, soledad, compañía, felicidad, tranquilidad, prioridad, mejoría, comodidad, atracción, conformidad, vuelo.

El amor es la decisión que cada muerto, momia o vivo elige para su alma. Los muertos lo matan, las momias lo esconden pero lo sueñan, los vivos lo sacan. El amor es decidir estar enterrados, envueltos o libres. El amor es la decisión de morirnos, asfixiarnos o revivirnos.

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Un comentario en ““Érase una vez el amor pero tuve que matarlo” (Efraím Medina)

  1. Así titularía yo este escrito: “Vivos, muertos y momias: las víctimas del amor. ” . Muy Cortazariano 😀

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